Juan Rodolfo Wilcock

El caos

    Yatzel Roldánalıntı yaptı5 ay önce
    El cataclismo ausente había puesto cruelmente al descubierto la opacidad de todas las vidas. De golpe, todos habían visto desplegarse frente a sus ojos, como la cinta infinita y aún virgen de un grabador, la inutilidad de sus propias vidas; una cinta lista para registrar solamente encuentros triviales, disgustos, victorias vacías, heridas que nadie podía aliviar; una vía consular de pérdidas y derrotas
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    Nunca antes la humanidad se había sentido tan decepcionada. Si al menos, decían, la Nube hubiera llegado para luego irse como había venido, dejando solamente a su paso una sensación de vacío, una apacible decepción que, en el peor de los casos, no hubiera sido otra cosa que la continua decepción de la vida; a estas cosas el mundo sabía adaptarse. Pero allí estaba de todas formas, visible a los ojos de todos, el espectáculo de ese cielo cambiante, con sus nubes barrocas teñidas con los colores más vistosos del arcoíris, con sus lunas en llamas que perseguían como jadeantes cazadores a los soles descoloridos; como recordatorio de la presencia de la Nube aún quedaban los fuegos artificiales de la noche, las explosiones atómicas de las auroras. Todo esto debía estar anunciando algo; y cada mañana, al salir de sus casas, empleados y obreros respiraban más profundamente, esperando descubrir todavía en el aire un tenue perfume de incienso, o al menos olor a quemado, algún nuevo indicio de la existencia de la Nube, alguna manifestación de su actividad que no fuera ese mismo cielo revuelto, esa fiesta lujosa y lejana
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    De todos modos, el cielo presentaba un aspecto cada vez más insólito. Muchas estrellas habían cambiado de color, y lo mismo ocurría con los planetas; a veces Júpiter parecía un huevo de Pascua iluminado desde adentro, para luego imprevistamente apagarse y desaparecer; Sirio giraba; Arturo se encendía intermitentemente como la luz de un faro; la Osa Mayor se había duplicado. La Vía Láctea era verde una noche, y rosa la siguiente. La luna aparecía erizada de puntas grises, y cuanto más lejos estaba, más roja se la veía; el azul oscuro del cielo nocturno se había vuelto, en cambio, amarillo
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    Mis amigos me explicaron que era un cazador de amantes; de estos cazadores ya quedan pocos, al parecer han sido diezmados por las enfermedades del crepúsculo
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    Después del escrutinio todos los asistentes recitaron poesías picarescas improvisadas, para expresar su disgusto por el resultado del concurso, como se hacía antiguamente después de la elección de un papa
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    Ciertas noches el cielo es todo negro y la nieve luminosa como si absorbiera la luz de la luna y la reflejara hacia arriba; el paisaje parece entonces un negativo del mundo y valdría la pena describirlo
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    Bajamos para tomar café con leche en casa de un eslavo amigo de ellos de cincuenta años casado con una argentina de veinte y encargado de mantener el ferrocarril y cambiar de vez en cuando las vías de lugar, esos trabajos fútiles de los pobres
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    Miré mi valiente nuevo mundo. Ciertos instantes se proyectan o deberían proyectarse sobre las horas y los días subsiguientes; es así que cuando uno vuelve por segunda vez a la plaza cóncava de Siena, digamos, se arrepiente de haber entrado tan distraído la primera vez por culpa de un gato. Hundido de repente entre dos rocas altas como el Obelisco, una negra y una colorada, comprendí junto al estrépito fluvial que ingresaba en otro paisaje, lo capté, y como de un túnel emergí cambiado
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    Sentí el calor que nos pegoteaba, me subió por las narices anhelosas el perfume de su virginidad impoluta a la carga, y como un verdadero materialista experimenté la tentación de abrirme paso a mordiscos hasta el centro recóndito de su feminidad.
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    Casi todos los integrantes de esa romántica empresa de visionarios del porvenir eran españoles de nacimiento, toledanos para ser correcto, gente muy buena, muy bruta y muy comerciante, con las raíces en España y el resto en su patria adoptiva, la Argentina
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    Los parajes desiertos son tan aptos para desahogar el amor como para ejercer el odio; nadie sabe qué castigos, frenéticos como adoraciones, verán las nubes o los aviadores en las vastas mesetas sin árboles, en los faros, detrás de esos paredones interminables que bordean algunos caminos
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    De los pozos más hondos solamente nos pueden levantar el amor, la fe y la esperanza de una persona inocente que nos cuide como se cuida un pájaro enfermo, en un rincón caliente cerca del fogón; hasta que un día, todavía tembloroso, se echa a volar por la cocina y se posa en lo alto de la fiambrera o en el estante de las cacerolas. Pero al que está solo en el abismo, como el basurero, más le vale suicidarse
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    Cuando uno ha llegado al fondo mismo de la abyección, donde ya nada cuenta, donde no hay ni ascenso ni descenso y la única alternativa es cambiar el nombre del tormento, lo más sensato es eliminarse, gesto que por otra parte no cuesta demasiado esfuerzo y siempre suscita un mínimo por lo menos de satisfacción aun en los jueces más exigentes
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    Présule, por su parte, había empezado a dudar de la eficacia de su plan: pensándolo bien, no solo no había dado el resultado deseado, sino que había provocado un desastre. En efecto, las relaciones de los enanos con su protectora se reducían ahora al mero acto de comer el mísero mondongo hervido que esta les dejaba en un plato.
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    El caos era siempre el mismo; el viejo orden solo se había llamado orden porque al hombre le encanta usar esa palabra, pero con un poco de buena voluntad también podía haberse llamado el viejo caos
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    Naturalmente, esta transformación no tenía lugar en seguida: porque si bien es cierto que nadie es lo que quisiera ser, también es cierto que son muy pocos los que saben lo que realmente quisieran ser. Poco a poco, a medida que asistían a mis fiestas, y a medida también que estas se hacían más complejas, más totales, las personas iban aproximándose a su verdadero ideal
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    Mi método consistía, ni más ni menos, en una imitación, solo que mucho más confusa, de la vida: si la única realidad de la vida era el azar, la intrascendencia, la confusión y la continua disolución de las formas en la nada para dar origen a nuevas formas igualmente destinadas a la disolución, no hacía falta exprimirse el cerebro inventando artificios: bastaba ofrecer a mis huéspedes una imagen tolerable de la vida que nos rodea, un poco más desordenada que de costumbre, para sumirlos en el caos
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    Prácticamente ninguna; hoy o mañana o dentro de diez años, esta irregularidad del cosmos que es mi persona estaba destinada a borrarse, a desaparecer bajo las siempre renovadas avalanchas de fenómenos y manifestaciones que componen la majestuosa, inconmovible indiferencia del universo
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    Así pasé la noche, maldiciendo la estúpida idea que había tenido de salir de casa para ver si el contacto con mis semejantes me revelaba el sentido del universo
    Yatzel Roldánalıntı yaptı6 ay önce
    En realidad, a partir de cierta edad podría decirse que solo un problema me interesó, y a él decidí dedicar toda mi actividad filosófica. Me refiero al viejo problema teleológico: ¿cuál es el verdadero sentido y cuál la finalidad del universo?
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