Siempre que pensamos algo sobre nosotros mismos —Soy indeseable, Soy demasiado sensible, No sirvo para nada—, ese es el ego intentando crear, definir y mantener nuestra identidad. Su función principal es proteger al niño interior herido y, para eso, repite relatos sobre cómo somos en un intento de entender, justificar y compensar las vivencias del pasado en las que no nos sentimos a salvo.
Estos son algunos relatos habituales del ego:
Exagero, soy intratable o demasiado sensible para que me quieran.
Soy demandante o incapaz.
No tengo virtudes, merezco la soledad.
Tengo mala suerte. Las cosas buenas nunca me pasan a mí.
Solo recibo afecto cuando hago algo por los demás.
No soy lo que parezco. Solo me van a querer si disimulo mis imperfecciones.
Siempre me abandonan o me traicionan.
Soy mejor que los demás. Mis necesidades y mis opiniones son las únicas que cuentan.
Soy débil. Me sentiría demasiado vulnerable expresando genuinamente mis sentimientos.
La gente siempre se aprovecha de mí.