—Y más.
Y más. Le encantaba. Le encantaba que sintiera más, que quisiera más.
Con la otra media no se entretuvo tanto y luego se quedó de pie junto a ella, desabrochándose los pantalones. Se detuvo un momento y la miró, esperando que, con los ojos, le dijera que estaba preparada.
Y luego, con una velocidad y una agilidad que jamás hubiera creído que tuviera, se desnudó y se tendió junto a ella. Al principio, Eloise se tensó pero luego, mientras Phillip la acariciaba y la tranquilizaba besándole las sienes y los labios, se fue relajando.
—No tienes por qué tener miedo —le dijo él.
—No tengo miedo —respondió ella.
Phillip levantó la cabeza y la miró a los ojos.
—¿No?
—Estoy nerviosa, pero no tengo miedo.
Phillip meneó la cabeza, maravillado.
—Eres magnífica.
—Ya se lo digo a todo el mundo —dijo ella, encogiéndose de hombros— pero, por lo visto, eres el único que me cree.
Phillip se rio, meneando la cabeza, casi sin acabarse de creer que estuviera allí, en su noche de bodas, riéndose. Ya lo había hecho reír dos veces esa noche y empezaba a darse cuenta del regalo que era Eloise. Un regalo increíble e inestimable con el que había sido bendecido.
Las relaciones sexuales siempre habían girado alrededor de la necesidad, de su cuerpo, su lujuria y lo que fuera que lo convirtiera en hombre. Nunca había girado alrededor de esa alegría, esa maravilla por descubrir el cuerpo de la otra persona.
Le tomó la cara entre las manos y la besó, esta vez con todo el sentimiento y la pasión que llevaba dentro. La besó en la boca, luego en la mejilla, luego en el cuello. Después, fue bajando y explorando su cuerpo, desde los hombros, pasando por la barriga, hasta la cadera.
Solo evitó un lugar, el lugar que más le hubiera gustado explorar, aunque decidió que ya lo haría más tarde, cuando estuviera preparada.