Muy pronto le pareció en extremo incómodo andar vestido por casa, y cada día le daba mayor pereza comer fuera, a no ser con los amigos más íntimos, en cuyas casas podía quitarse libremente la corbata, desabrocharse el chaleco e incluso tumbarse un rato y descabezar un sueñecito. Tampoco le atraían las fiestas nocturnas; había que embutirse en la levita y afeitarse cada día.