La mayoría de los pacientes provenía de Hadem o del South Bronx. Eran sobre todo personas de clase obrera, pobres y luchadoras, de varias razas, tendencias y posibilidades, que consideraban la enfermedad mental y la neurosis como algo exótico y distante. Ocupaban la tierra de nadie de la salud mental, entre la clase media y la indigencia. Sus problemas eran reales: drogadicciones, abusos sexuales, malos tratos físicos, madres abandonadas por su marido con hijos de ojos fríos y endurecidos, cuyas metas en la vida parecían reducirse a unirse a una banda callejera. Sabía que en este grupo de desesperados y necesitados había bastantes personas que se habían convertido en peligrosos delincuentes o traficantes de droga, proxenetas, ladrones y asesinos. Recordó que algunos pacientes producían una sensación de crueldad, casi como un olor perceptible. Eran los padres que contribuían diligentemente a crear la generación siguiente de psicópatas criminales de las zonas deprimidas de la ciudad, personas crueles que dirigirían su cólera contra los suyos. Si atacaban a alguien de un nivel económico distinto, era por casualidad, no por designio: el ejecutivo en un Mercedes que tiene una avería en el Cross Bronx Expressway de camino a su casa en Darien después de trabajar hasta tarde en la oficina del centro, el turista rico de Suecia que toma la línea de metro equivocada a la hora equivocada en la dirección equivocada.