Tenía que ser Ella, una Ella, con los ojos como dos pechiches maduros, grandes, siniestros, con las uñas como conchas de orilla y la lengua de molusco, la lengua como el tentáculo de un pulpo, el pelo negro, negrísimo, a la altura de la barbilla, de un metro sesenta y ocho; no, un metro sesenta y cinco, ¿cuánto medían las niñas de catorce años?, se preguntó mientras pegaba la espalda contra la piel arrugada del muro.