Observó a través de ellas las fibras musculares de una ballena y las escamas de su propia piel. Fue a la carnicería y pidió o compró unos ojos de buey y se maravilló de lo elegantemente ensamblada que estaba la lente del cristalino. Miró durante horas la estructura del pelo de la oveja, del castor, del alce, cuya finura se transformaba en un enorme y agreste tronco no bien los colocaba bajo su trocito de cristal. Diseccionó con delicadeza la cabeza de una mosca; puso su cerebro en la fina aguja de su microscopio: ¡cómo admiró los nítidos detalles del enorme y maravilloso cerebro de aquella mosca! Analizó el corte transversal de la madera de una docena de árboles diferentes y observó las semillas de muchas plantas. Gruñó: «¡Imposible!» cuando vio por primera vez la extravagante perfección del aguijón de la pulga