Y era ridículo y extraño oír que la campanilla siguiera sonando con tanta soltura y tanta alegría, y que Ignatka siguiera dando sus grititos, tan vivos y tan hermosos, como si fuera una soleada mañana de principios de enero y nosotros nos deslizáramos en plena celebración de la Epifanía por una helada calleja de pueblo; y lo principal, era difícil pensar que seguíamos yendo, aprisa, muy aprisa, hacia algún lugar lejos de donde en ese momento nos encontrábamos.