Y a medida que nuestra creciente intimidad me permitía acceder más sin reserva a los rincones de su espíritu, más amargamente me daba cuenta de la inutilidad de todo intento de animar una mente que derramaba negrura, como por un don innato y fecundo, sobre todos los objetos del universo moral y físico, en una incesante irradiación de tristeza.