Amado Nervo

El diamante de la inquietud

    Mildred Osirisalıntı yaptı2 yıl önce
    Aun cuando a veces se me ocurre que acaso la condición por excelencia de la felicidad, es no pensar en ella… ¡En cuanto en ella piensas, piensas también que no hay motivo para ser feliz! Y, por lo tanto, ya no lo eres.
    Ghibek Pelaezalıntı yaptı2 yıl önce
    Mi vida está llena de dulces fantasmas. Pero
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    Ya ves, pues, que no debemos quejarnos. En suma, ¿qué es la vida sino un relámpago entre dos largas noches?…
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    Si estas cosas que te cuento, amigo, fuesen una novela, yo las arreglaría de cierto modo para dejarte satisfecho. Ana María, con quien, a lo mejor, has simpatizado, no se moriría. La haríamos vivir feliz unos cuantos años. Tendría dos hijos: un niño y una niña. El niño sería moreno, como conviene a un hombre; la niña sería rubia, como conviene a un ángel.
    Yo comprendo muy bien el cariño de un autor de teatro o de novela por los personajes que ha creado y me explico perfectamente el desconsuelo de Alejandro Dumas padre, a quien Alejandro Dumas hijo, encontró llorando cierto día, porque en el curso de Los tres mosqueteros había tenido que matar a Porthos… , el más simpático de sus héroes.
    Y si comprendo de sobra este desconsuelo, tratándose de seres de ficción (que acaso en otro mundo, en otro plano, existen gracias a sus creadores y acaban por pedir cuenta a éstos de los vicios y pasiones que les han atribuido),
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    Ay! ¿No es por ventura el sueño el juguete, por excelencia, de los hombres el regalo mejor que nos ha hecho la Naturaleza?
    Pero el muerto no quiere que duerma…
    Los muertos nos vencen así. Ellos saben que en el día son más débiles que nosotros. Con cada rayo de sol podemos apuñalar su sombra… Pero se agazapan en los rincones obscuros y aguardan a que llegue la noche.
    «El día es de los hombres, la noche de los dioses», decían los antiguos.
    La noche no es sólo de los dioses; también es de los muertos.
    ¡Cómo van adquiriendo corporeidad, apelmazándose en las tinieblas!… El silencio es su cómplice y nuestro miedo le presta una realidad poderosa. Primus in orbe Deos fecit timor.
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    También, te oigo decir: «En suma, se trataba de un simple caso de neurastenia… ». Bueno, volvemos a las andadas: ¿y qué es la neurastenia? La neurastenia, óyelo bien, no es una enfermedad; es una evolución. Si el hombre no anda aún con taparrabo, si salió de la animalidad, lo debe sólo al predominio de su sistema nervioso. El sistema nervioso le ha hecho rey de la creación, ya que su sistema muscular es bien inferior al de muchos animales. Ahora bien, cada ser que en la sucesión de los milenarios ha avanzado un poco en relación con la horda, con la masa, ha sido en realidad un neurasténico… Sólo que antes no se les llamaba así. No pronuncies, pues, nunca con desdén esta palabra. Los neurasténicos se codean con un plano superior de la vida; son progenerados, candidatos a la humanidad…
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    Aun cuando a veces se me ocurre que acaso la condición por excelencia de la felicidad, es no pensar en ella… ¡En cuanto en ella piensas, piensas también que no hay motivo para ser feliz! Y, por lo tanto, ya no lo eres. La conciencia plena y la felicidad son incompatibles.
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    … Pues te diré que yo me he imaginado la muerte como un sueño delicioso en invierno: un sueño muy largo, en un lecho muy blando, durante un invierno sin fin, al lado de los seres que amé… Y he pensado que allá cada millón de años, por ejemplo, un ángel llega, me toca en el hombro y me dice: ¿Quieres levantarte?
    Y yo me esperezo; siento la suavidad maternal de mi lecho, el deleite de mi sueño, el calor blando que emana de los que amo y que duermen conmigo, el consuelo infinito de tenerlos tan cerca y volviéndome del otro lado, respondo al ángel:
    -No, te lo ruego, déjame dormir…
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    A un millonario amigo mío, que además de millonario es hombre sano, de carácter alegre, le preguntaba yo en cierta ocasión:
    -¿Desearía usted vivir eternamente así, como está? ¿Con la misma mujer a quien adora, el mismo hotel en la Avenida del Bosque, los mismos amigos que encuentra tan simpáticos?
    Y me contestó: «Sí; pero a condición de temer fundadamente de vez en cuando perderlo todo… ».
    Qué sencilla y admirable filosofía, ¿verdad?
    Ser inmortales, pero temiendo a cada paso no serlo: he aquí la suprema felicidad, en el marco de la suprema inquietud.
    Amara una mujer como yo a Ana María, pero temiendo perderla, he aquí la voluptuosidad por excelencia.
    Vais a besarla y os decís: «Acaso este beso será el último», con lo cual el deleite llega a lo sobrehumano.
    Estáis al lado de ella, leyendo, en una velada de invierno, cerca de la chimenea, y pensáis:
    -¡Quizá mañana ya no se halle aquí! ¡Tal vez haya huido para siempre!
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    ¿Sabes tú cómo definió un humorista la ausencia? La Ausencia es un ingrediente que devuelve al amor el gusto que la costumbre le hizo perder… Y otro tanto puede afirmarse del temor que a ti te atenaceaba. Ana María era como un diamante montado en una sortija de miedo… , que lo hacía valer infinitamente; ¡tú miedo de perderla!
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    Nos irritamos contra la vida, porque no nos da nada definitivo, porque la muerte o la desgracia están siempre de detrás de la cortina esperando entrar, o a nuestras espaldas, mirándonos a hurtadillas… Y en cuanto la suerte nos depara un goce relativamente seguro nos ponemos a bostezar como las carpas…
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    El amigo.- ¡Ah!, sin aquel temor, sin aquel sobresalto, que me hacen sonreír ahora que me los cuentas, amigo, quizá porque ya no veo sobre tu faz, arada por los lustros lentos, más que la sombra del dolor vencido; ¡ah!, sin aquel sobresalto, sin aquel temor, sólo un Dios pudiera lograr la máxima ventura por ti lograda en los brazos de Ana María, ¿no es esto?
    Sólo un Dios, sí, ya que no mas ellos son capaces de gozar sin miedo, con la mansa confianza de la perennidad de su goce.
    Yo.- ¿Pero vale la pena gozar así? «¡Bendita sea la juventud -dijo Lamartine en el prólogo de las poesías de Alfredo de Musset- con tal de que no dure toda la vida!». La felicidad sin dolor que la contraste, es inconcebible… ¡Se necesita un poco de amargo para dar gusto al vermut!
    Por eso yo nunca he podido imaginarme el paraíso y acaso me lo imaginara si en él pudiese colocar un poco de nuestra inquietud, un ¡quien sabe!, un solo ¡quién sabe!, tenue y vago: «Quien sabe si un día, en el curso mudo de las eternidades, esta contemplación beatífica cesará… ».
    El amigo.- ¡Infeliz! ¡Querrías, pues, la inquietud eterna! Aquí, en esta misérrima vida sólo el temor de perderlas da un precio a las cosas; pero allá no sucederá así; la beatitud será apacible la conciencia de su perpetuidad no le gestará nada al éxtasis, por una simplísima razón.
    Yo.- ¿Cuál?
    El amigo.- Porque nunca contemplaremos el mismo espectáculo en la insondable hondura de Dios y nos pasaremos las eternidades aprendiendo a cada instante algo nuevo en el panorama místico de la conciencia divina…
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    Mi angustia era continua… , pero si he de ser justo, mi deleite era, en cambio, desmesurado. Cada beso que robaba a aquella boca tenía el sabor intenso, la voluptuosidad infinita del último beso… ¡Cada palabra tierna podía ser la postrera palabra oída!
    Pues, ¡y mis noches! ¡Si tú supieras de qué deliciosa zozobra estaban llenas mis noches!
    ¡Cuántas veces me despertaba con sobresalto repentino, buscando a mi lado a Ana María! ¡Con qué alivio veíala y contemplábala durmiendo apaciblemente! ¡Con qué sensación de bienestar estrechaba su mano larga y fina, inerte sobre su cuerpo tibio!
    A veces ella se despertaba también, comprendía, al sorprenderme despierto, mi drama interior; se repegaba contra mí y me decía dulcemente: «no pienses en eso… , ¡todavía no! ¡Duerme tranquilo!».
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    Cuantas veces mirando la noche estrellada me he dicho: cada uno de esos soles gigantescos alumbra mundos y de cada uno de esos mundos surge un enorme grito de dolor, el dolor inmenso de millones de humanos… Pero no lo oímos; la noche permanece radiante y silenciosa. ¿Adónde va ese dolor inconmensurable; en qué oreja invisible resuena; en qué corazón sin límites repercute; en qué alma divina se refugia? ¿Seguirá surgiendo así inútilmente y perdiéndose en el abismo?
    Y una voz interior me ha respondido: «¡No, nada se pierde; ni el delicado sollozo de Ana María dejaba de vibrar en el éter, a pesar del ruido de las cataratas, ni un solo dolor de los mundos deja de resonar en el corazón del Padre!».
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    -¿Te arrepientes de haberte casado conmigo?
    -No, nunca.
    -¿Estás triste?
    -Sí, pero descuida, no te preguntaré más.
    Reclinó su cabeza sobre mi hombro y dijo:
    -¡Te quiero, te quiero! Lo sabes… Pero, ¿es culpa mía si la vida ha puesto sobre mi alma el fardo de una promesa?
    Y púsose a llorar dulcemente, muy dulcemente.
    En el estruendo del Niágara aquel delicado sollozo de mujer parecía perderse, como parecen perderse todas nuestras angustias en el seno infinito del abismo indiferente.
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    Tres encantos por excelencia, que a muy pocos embelesan porque no saben lo que son, había yo soñado siempre en una mujer.
    El encanto en el andar, el encanto en el hablar y el encanto de los largos cabellos.
    Una mujer que anda bien, que anda con un ritmo suave y gallardo, es una delicia perpetua, amigo; verla ir y venir por la casa es una bendición.
    Pues, ¡y la música de la voz! La voz que te acaricia hasta cuando en su timbre hay enojo, la voz que añade más música a la música eterna y siempre nueva de loste quiero.
    En cuanto a los cabellos abundantes, que en el sencillo aliño del tocado casero, caen en dos trenzas rubias o negras (las de Ana María eran de una negrura sedosa, incomparable), son, amigo, un don para las manos castas que los acarician, como pocos dones en la tierra.
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    Si yo fuera músico, te describiría, amigo, nuestra vida durante aquellos días prodigiosos. Sólo un Beethoven o un Mozart podrían hacerte comprender nuestros éxtasis. La palabra, ya lo sabemos, es de una impotencia ridícula para hablarnos de estas cosas que no están en su plano. Más allá de ciertos estados de alma, apenas una sonata de Beethoven es capaz de expresiones coherentes y exactas.
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    óigalo usted bien para que no se le ocurra amarme: yo estaré obligada por un destino oculto, que no puedo contrarrestar, a irme de Nueva York un día, para siempre, dejándolo todo.
    -¿Adónde?
    -A un convento.
    -¿A un convento?
    -Sí, es una promesa, un deber… , una determinación irrevocable.
    -¿A un convento de España?
    -A un convento de… no sé dónde.
    -Y cuándo se irá usted.
    -No puedo revelarlo. Pero llegará un día debe llegar forzosamente un día en que yo me vaya. Y me he de ir repentinamente, rompiendo todos los lazos que me liguen a la tierra… Nadie… , nada, óigalo usted bien, podrá detenerme; ni siquiera mi voluntad, porque hay otra voluntad más fuerte que ella, que la ha hecho su esclava.
    -¿Otra voluntad?
    -¡Sí, otra, voluntad invisible!1… Escaparé, pues, una noche de mi casa, de mi hogar. Si amo a un hombre, me arrancaré de sus brazos; si tengo fortuna, la volveré la espalda, y calladamente me perderé en el misterio de lo desconocido.
    -¿Pero, y si yo la amara a usted, si yo la adorara, si yo consagrase mi vida a idolatrarla?
    -Haría lo mismo: una noche usted se acostaría a mi lado y por la mañana encontraría la mitad del lecho vacía… ¡vacía para siempre!… ¡Ya ve usted -añadió sonriendo- que no soy una mujer a quien deba amarse!
    Juan Duránalıntı yaptıgeçen yıl
    Amigo, yo ya estoy viejo. Tengo una hermosa barba blanca, que sienta admirablemente a mi cabeza apostólica; una cabellera tan blanca como mi barba, ligeramente ensortijada; una nariz noble, de perfil aguileño; una boca de gruesos y golosos, que gustó los frutos mejores de la vida…
    Amigo, soy fuerte aún. Mis manos sarmentosas podrían estrangular leones.
    Estoy en paz con el Destino, porque me han amado mucho. Se les perdonarán muchas cosas a muchas mujeres, porque me han amado en demasía.
    He sufrido, claro; pero sin los dolores, ¿valdría la pena vivir?
    Un inglés humorista ha dicho que la vida sería soportable… sin los placeres. Ye añado que sin los dolores sería insoportable.
    Sí, estoy en paz con la vida. Amo la vida.
    Como Diderot, sufriría con gusto diez mil años las penas del infierno, con tal de renacer: La vida es una aventura maravillosa. Comprendo que los espíritus que pueblan el aire, ronden la tierra deseando encarnar.
    -No escarmientan, dirán.
    -No, no escarmientan. Las hijas de los hombres los seducen, desde los tiempos misteriosos de que habla el Génesis; una serpiente Invisible les cuchichea: «¿quieres empezar de nuevo?».
    Y ellos responden al segundo, al tercero, al décimo requerimiento: «¡sí!»… ; y cometen el pecado de vivir:
    «porque el delito mayor
    del hombre es haber nacido».
    Mildred Osirisalıntı yaptı2 yıl önce
    ¡Ay! ¿No es por ventura el sueño el juguete, por excelencia, de los hombres el regalo mejor que nos ha hecho la Naturaleza?
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