El ángel vio entonces cómo Kucmerka lavaba al recién nacido con agua caliente y lo secaba con una tela de franela suave. Luego, dirigió su mirada a los ojos de Genowefa, enrojecidos por el esfuerzo.
Contempló los acontecimientos como si viera una corriente de agua. No le interesaban por sí mismos, no despertaban en él curiosidad alguna, porque sabía desde dónde y hacia dónde fluían, conocía su principio y su fin. Observó el curso de acontecimientos parecidos o distintos, cercanos o alejados en el tiempo, derivados unos de otros o totalmente independientes entre sí. Pero eso, para él, tampoco tenía mayor importancia.
Para los ángeles, los acontecimientos son algo parecido a un sueño o a una película sin principio ni fin. Los ángeles no son capaces de implicarse, los acontecimientos no les son en absoluto necesarios. En cambio, al hombre le proporcionan un mayor conocimiento del mundo y de sí mismo, le sirven de espejo, fijan sus límites, sus posibilidades, y le ayudan a designarse con nombres. Un ángel no necesita nada del exterior. Aprende a través de sí mismo, ya que abarca en sí todo el conocimiento acerca del mundo y de sí mismo. Simplemente, así lo creó Dios.
Un ángel no tiene el mismo entendimiento que un hombre, no extrae conclusiones, no juzga. No piensa de una forma lógica. A algunos, un ángel les parecería estúpido. Sin embargo, un ángel lleva en sí, desde el principio, el fruto del árbol de la sabiduría, puro conocimiento que tan solo se enriquece a través de la simple intuición. Es una mente desprovista de pensamientos y, por tanto, carente de equivocaciones y del temor que conllevan. Es una mente sin los prejuicios que surgen de la percepción errónea. Aunque, como todo lo creado por Dios, también los ángeles son volubles. Eso explica por qué el ángel de la guarda de Misia a menudo no se encontraba a su lado cuando ella lo necesitaba.