Virginia Woolf

La señora Dalloway

    Alejandra Muñoz Lucioalıntı yaptı3 ay önce
    Ahora voy –dijo Peter, pero se quedó sentado un momento. ¿Qué es este terror? ¿Qué es este éxtasis?, se dijo. ¿Qué es esto que me llena de una emoción extraordinaria?
    Es Clarissa, dijo.
    Porque allí estaba ella
    Alejandra Muñoz Lucioalıntı yaptı3 ay önce
    gente. Pero en la vejez –cincuenta y dos años tenía él para ser exactos (Sally tenía cincuenta y cinco, los tenía su cuerpo, dijo ella, pero su corazón era como el de una joven de veinte)–, en la madurez, dijo Peter, uno podía observar y podía entender y no perdía la capacidad de sentir, dijo. Es verdad, dijo Sally. Cada año que pasaba ella sentía más profundamente, más apasionadamente. La capacidad de sentir aumentaba, dijo él, quizá por desgracia, aunque había que alegrarse de ello
    Alejandra Muñoz Lucioalıntı yaptı3 ay önce
    Cuando ella perdía la fe en las relaciones humanas (la gente era tan complicada) solía ir a su jardín y allí encontraba entre las flores una paz que no le proporcionaban los hombres ni las mujeres
    Alejandra Muñoz Lucioalıntı yaptı3 ay önce
    Pero qué noche tan extraordinaria
    Alejandra Muñoz Lucioalıntı yaptı3 ay önce
    Por insensata que fuera la idea, ese cielo de Bourton, ese cielo de Westminster, contenían algo de ella misma
    Alejandra Muñoz Lucioalıntı yaptı3 ay önce
    Era extraño, increíble; nunca había sido tan feliz. Nada podía ser lo bastante lento, nada podía durar demasiado
    Alejandra Muñoz Lucioalıntı yaptı3 ay önce
    la vida que los padres entregan a sus hijos para que la vivan hasta el final, para que la recorran serenamente
    Alejandra Muñoz Lucioalıntı yaptı3 ay önce
    El esplendor de la fiesta desapareció de pronto, tan extraño le pareció entrar allí sola vestida con sus mejores galas
    Alejandra Muñoz Lucioalıntı yaptı3 ay önce
    Ah! ¡Aquí está Peter Walsh! –dijo lady Bruton (porque nunca se le ocurría qué decir a Clarissa, a pesar de que le era simpática. Le reconocía muchas buenas cualidades, pero no tenía nada en común con ella. Habría sido mejor que Richard se hubiera casado con una mujer con menos encanto pero que le hubiera ayudado más en su trabajo. Había perdido la oportunidad de formar parte del gobierno)
    Alejandra Muñoz Lucioalıntı yaptı3 ay önce
    Se quedaba absorto pensando en sus propias preocupaciones; tan pronto se mostraba arisco como alegre
    Alejandra Muñoz Lucioalıntı yaptı3 ay önce
    cómo cambiarían el mundo si se casaban
    Alejandra Muñoz Lucioalıntı yaptı4 ay önce
    o quería morir. La vida era buena.
    Alejandra Muñoz Lucioalıntı yaptı4 ay önce
    que no talen los árboles, díselo al primer ministro. Amor universal: el significado del mundo
    Alejandra Muñoz Lucioalıntı yaptı4 ay önce
    Pero, por supuesto, existía en la familia Dalloway la tradición del servicio público. Abadesas, directoras de colegio, dignatarias en la república de las mujeres; sin que ninguna de ellas fuera brillante, habían ejercido como tales.
    Dianela Villicaña Denaalıntı yaptı4 ay önce
    Estoy sola; ¡estoy sola!, se dijo llorando junto a la fuente de Regent’s Park
    Dianela Villicaña Denaalıntı yaptı4 ay önce
    No podía decírselo a nadie, ya ni siquiera a Septimus, y al volverse le vio allí solo, con su abrigo desgastado, sentado en el banco, encorvado, mirando fijamente. En un hombre era una cobardía decir que iba a suicidarse, pero Septimus había luchado en la guerra; era valiente; solo que ahora no era Septimus. Si ella se ponía su cuello de encaje o su sombrero nuevo, él no se daba cuenta; y era feliz sin ella. Pero a Rezia nada podía hacerla feliz sin él. ¡Nada! Él era egoísta. Los hombres son así. Porque no estaba enfermo. El doctor Holmes decía que no le pasaba nada. Extendió la mano ante ella. ¡Mira! Su alianza se movía porque había adelgazado mucho. Era ella la que sufría pero no tenía a quien decírselo
    Dianela Villicaña Denaalıntı yaptı4 ay önce
    El amor convierte a uno en un ser solitario, pensó
    Dianela Villicaña Denaalıntı yaptı4 ay önce
    Pero no era a ella a quien odiaba sino a la idea que tenía de ella, que indudablemente reunía muchas cosas que nada tenían que ver con la señorita Kilman; se había convertido en uno de esos espectros contra los que uno lucha por la noche, uno de esos espectros que nos montan a horcajadas y nos chupan la mitad de la sangre necesaria para la vida, uno de esos espectros dominantes y tiránicos; sin duda, si al volver a lanzar los dados el negro hubiera predominado sobre el blanco, ella habría amado a la señorita Kilman. Pero en este mundo, no. No
    Dianela Villicaña Denaalıntı yaptı4 ay önce
    se estremeciera y se tambaleara y amenazara con derrumbarse como si efectivamente un monstruo estuviera escarbando en las raíces, como si todo ese acopio de satisfacción no fuera otra cosa que egoísmo. ¡Ese odio
    Dianela Villicaña Denaalıntı yaptı4 ay önce
    Ella tenía derecho a cogerle del brazo, aunque ese brazo no albergara ningún sentimiento. Lo que él le daba a su esposa, una mujer tan natural, tan impulsiva, de solo veinticuatro años, sin amigos en Inglaterra y que había dejado Italia por él, era solo un trozo de hueso
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