Era hora de ponerse manos a la obra, me dije, y me volví para enfrentarme a Ivan por primera vez, por así decirlo, quizá, con la respiración contenida. Enarqué las cejas en el instante en el que mis ojos se cruzaron con los suyos, rogando por lo más sagrado no sonrojarme de pronto por primera vez en mi vida, porque haría que todo resultase de lo más humillante.
—Mierda —oí murmurar a Ivan entre dientes cuando le miré a la cara… y descubrí que tenía los ojos cerrados con fuerza.
—¿Qué pasa? —espeté.
—Nada —replicó de inmediato.
—¿Qué? —insistí, tratando de averiguar por qué su piel había palidecido aún más… y por qué no me miraba.
—Que nada —respondió con aquella voz de Ivan que me resultaba tan familiar: voz de gilipollas. Luego negó con la cabeza y tragó saliva—. Acabemos con esto.
—¿Que acabemos con esto? —pregunté, sin sentirme insultada en absoluto. Tal vez fuera él quien ahora se arrepentía. Pues qué bien, joder—. Eras tú el que quería hacerlo —le recordé.
—Bueno, estoy empezando a pensar que fue una idea de mierda, así que acabemos de una vez —murmuró, con los ojos todavía cerrados.
—Qué puritano —susurré, sin entender por qué no me miraba a la cara como mínimo. Estaba empezando a hacerme sentir como si tuviera algo de malo.
Así que lo miré, porque lo tenía delante, y al instante volví a arrepentirme de todo aquello. Porque el cuerpo de Ivan… Joder.
Tal vez porque yo también era una deportista (con independencia de lo que otros pensasen estúpidamente), podía apreciar las formas distintas que poseían los atletas masculinos. Nunca me habían interesado demasiado los modelos, con sus musculitos perfectamente esculpidos y que debían ejercitar regularmente y de uno en uno. Lo que me gustaba era la fuerza bruta en todas sus formas. Me encantaba.