Todavía no se había atrevido a arriesgarse a entrar en el patio de las sedas, pues la atemorizaban el alto techo acristalado, los suntuosos mostradores, la apariencia de iglesia. Cuando lo hizo al fin, para huir de los dependientes de la ropa blanca que se reían de ella, fue como si se estrellase de pronto contra el arreglo de Mouret; y, pese a estar tan turbada, se despertó en ella la mujer, se le encendieron repentinamente las mejillas y se olvidó de todo al mirar arder las sedas como llamas de un incendio.