La ley de la gravitación universal pone el broche de oro a la revolución copernicana, ampliada por Galileo y magistralmente completada por Newton. Ya se sabía, por fin, no solo cómo se movían los astros sino por qué, sin necesidad de divinidad alguna en el origen. Quedaba por dilucidar, eso sí, cómo fue entonces el origen del conjunto cósmico, y cómo terminaría.