Bernardo Esquinca

Demonia

    b3751344803alıntı yaptı2 ay önce
    Las casas son cápsulas de recuerdos y sentimientos, y la mayoría de las veces, cuando se disuelve la familia, nos aferramos a los muros como si en ellos pudiera quedar atrapado algo de nuestro pasado. Es por eso que las casas paternas terminan pareciéndose a un museo.
    Moncerratalıntı yaptı3 ay önce
    Por eso Demonia es, además de un libro de terror, una reflexión sobre la escritura, sobre el contagio de las ideas, sobre las personas que disfrutan de construir casas embrujadas para que otros las habiten.
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    “A eso nos dedicamos los psiquiatras: a apagar fuegos. Pero también los reactivamos”. ¿Cuántos bosques había incendiado en la mente de sus pacientes antes de sofocarlos con toneladas de medicamentos?
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    DEMONIA
    El objetivo del demonio no es el poseso, sino nosotros… los observadores.

    WILLIAM PETER BLATTY

    I live in the weak and the wounded, Doc.

    BRAD ANDERSON, Session 9
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    Pero no lo era. Todo cambiaba en la biblioteca: allí había volúmenes de todos los temas extraños posibles, incluida una copia facsimilar del legendario Necronomicón.
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    Carrasco vuelve a encontrar noticias de ellos en un cuento posterior de Ray Bradbury llamado “La multitud”. Ahí se relata el pavoroso descubrimiento que hace un hombre al analizar los rostros de la muchedumbre reunida en torno a desastres ocurridos en distintos momentos de la Historia: siempre son los mismos. “Algo tienen en común”, sentencia el personaje. “Aparecen siempre juntos.
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    En la literatura, rastrea su origen en un cuento de Edgar Allan Poe titulado “El hombre de la multitud”.
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    Le agradecí el dato y sin esperar más me dirigí hacia la casa de Asunción. No sabía cómo iba a abordarla. Sólo tenía una certeza: aquel libro había abierto una ruta hacia nuestro encuentro.
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    Le agradecí el dato y sin esperar más me dirigí hacia la casa de Asunción. No sabía cómo iba a abordarla. Sólo tenía una certeza: aquel libro había abierto una ruta hacia nuestro encuentro.
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    Y aunque parecía reír, en sus ojos estaba fija una mirada de desconcierto y terror. Porque hasta para un niño de siete años debe ser incomprensible que su padre lo mate
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    Aquella mujer de uniforme y cofia tenía un nombre y una historia: Leonarda Servín, enfermera del pabellón de epilépticos de La Castañeda durante la década de los años cuarenta.
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    Nunca he creído demasiado en los psiquiatras –no estoy seguro de que la solución a los problemas del hombre contemporáneo sea domesticar a sus demonios–, pero me parecen un amigo al que uno puede descargarle toda su basura sin necesidad de un trago de por medio.
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    Durante muchos años soñé con una enfermera sin saber por qué. Venía hacia mí como en una fotografía de época, en color sepia, vestida con su uniforme y una cofia coronándole la cabeza. Emergía desde el fondo de un largo y oscuro pasillo hasta plantarse frente a mí. Entonces me miraba con ojos atormentados y decía palabras que nunca logré escuchar, como si en realidad se tratara del fragmento de una película muda.
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    –No menosprecies a los mentirosos: son grandes contadores de historias. En todo caso, lo que hayas creído dice mucho más de ti que de mí. Ésa es la clave de todo relato.
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    –Hay una cosa más que debo aclararte –dijo Jacobo–. Tú crees, porque viste la sangre en el piolet, que soy el espeleólogo número uno, pero en realidad soy el número tres.

    –¿Y la sangre?

    –No revisaste bien la mochila. Adentro está la cabeza del espeleólogo número uno. Él esperó a que el número dos muriera, y salió. Pero afuera estaba yo, aguardándolo… Nunca busqué a los rescatistas ni les llevé medici-nas.
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    –No se lo dirás a nadie, ¿verdad? –dijo al fin el espeleólogo, tras un prolongado silencio.
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    Antes de entrar comprendí por qué mi hermano vivía allí y la manera en que la Roma condensaba su espíritu: era una colonia vieja, habitada por gente con pretensiones bohemias que se esforzaba por transformar la decadencia del barrio en algo elegante y de moda.
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    Las pocas veces que nos veíamos para comer se la pasaba hablando del poder de las palabras y de una teoría que a mí me parecía sacada de un cuento fantástico: decía que los versos eran capaces de abrir agujeros a otras dimensiones. La auténtica poesía, porque –aclaraba– había poetas que camuflaban historias con versos
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    En ese momento se me ocurrió hacer una disparatada versión del juego de bibliomancia, aquél en el que se elige un libro cualquiera de la biblioteca personal, se le hace una pregunta concreta, y después se abre y se señala un párrafo al azar para conocer la respuesta.
    Moncerratalıntı yaptı3 ay önce
    También creo que el miedo es un estado alterado que el cerebro llega a necesitar, como una droga. Por eso los escritores de terror que tanto admiro siempre tienen lectores.
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