Como puntos, como cruces, repetíanse los nombres en la cabeza de Úrsulo: Valentín, Gabriel, Natividad… Los muertos. «¿Qué habrá sentido cuando le pagaron por mi muerte? Habrá dicho: voy a matar a Úrsulo». Imaginaba entonces la emoción dura, la casi voluptuosa masculinidad, la reconfortante, opaca, animal sensación. Adán debía descender de los animales. De los animales mexicanos. Del coyote. De aquel pardo ixcuintle sin pelos y sin voz, con cuerpo de sombra, de humo; de la serpiente, de la culebra; de las iguanas tristísimas y pétreas. Si tuviera un machete, una pistola, y si su hija no hubiese muerto hoy, Úrsulo lo mataría. Porque Adán era hijo de los animales; de los animales precortesianos que tenían algo de religioso, bárbaro y lleno de misterio y de crueldad. Aunque también Úrsulo descendía de esos mismos animales.