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Amos Oz

Contra el fanatismo

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«Amos Oz despliega ante nuestros ojos la naturaleza del fanatismo, ofreciéndonos a la vez el remedio para su cura universal».

Nadine Gordimer, Premio Nobel de Literatura 1991

«¿Cómo curar a un fanático? Perseguir a un puñado de fanáticos por las montañas de Afganistán es una cosa. Luchar contra el fanatismo, otra muy distinta. […]»

La actual crisis del mundo, en Oriente Próximo, o en Israel/ Palestina, no es consecuencia de los valores del islam. No se debe a la mentalidad de los árabes como claman algunos racistas. En absoluto. Se debe a la vieja lucha entre fanatismo y pragmatismo. Entre fanatismo y pluralismo. Entre fanatismo y tolerancia. […] »El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera.»

Amos Oz
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65 yazdırılmış sayfalar
Orijinal yayın
2012
Yayımcı
Siruela

İzlenimler

    Mario Ivan Sanchez juarezbir izlenim paylaşıldı3 ay önce
    👍Okumaya değer
    🔮Gizli Derinlikler
    💡Çok Şey Öğrendim
    🎯Değer

    La literatura cono cura contra el fanatismo porque permite imaginar.

    Karen R. Gonzàlezbir izlenim paylaşıldı3 yıl önce
    👍Okumaya değer
    💡Çok Şey Öğrendim

Alıntılar

    Alexandra Medinaalıntı yaptı3 yıl önce
    Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano en vez de dejarles ser. El fanático es una criatura de lo más generosa. El fanático es un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error, de fumar. Liberarte de tu fe o de tu carencia de fe.
    Mario Ivan Sanchez juarezalıntı yaptı3 ay önce
    Tengo que estar allí. Ni siquiera puedo leer el periódico de camino al trabajo porque mi estudio está justo debajo de mi dormitorio, a sólo unos pasos. Pero ya no me enfado conmigo mismo cuando no produzco. Había días en los que solía odiarme por estar allí sentado y no producir nada. Especialmente cuando seguía viviendo en un kibbutz y me sentaba toda la mañana y escribía tal vez tres líneas y borraba cuatro, de forma que la producción era deficitaria con relación al día anterior. Y luego iba al comedor comunitario y me daba vergüenza comer. Allí había gente que había arado acres de tierra, o gente que había ordeñado cientos de vacas, o gente que había construido un muro y sólo luego almorzaban. Y yo había escrito cuatro líneas y borrado cinco, ¿cómo me atrevía a comer? Pero al filo de los años me he acostumbrado a la perspectiva del tendero. Mi trabajo consiste en ir allí todas las mañanas, abrir el garito y esperar a los clientes sin hacer otra cosa. Si tengo clientes es un día muy provechoso. En caso contrario, sigo haciendo mi trabajo sólo con sentarme y esperar sin sólo espero. Porque hasta cuando no escribo, hay cosas que pasan en mi mente de la misma forma que cuando era un niño que se moría por un helado y esperaba a que mis padres terminaran de conversar. Observo, imagino, fantaseo. Me pongo en la piel de otra gente. No estoy hablando de estilo, de técnicas, de temas ni parábolas; los exégetas entienden de esto mucho más que yo. Lo que quiero compartir con ustedes es alguno de los placeres de la experiencia de contar historias con agallas, contarles de dónde procede la urgencia actual de contar historias, y cómo se vive, incluso en términos de tiempo, de sufrimiento, de prejuicio, de tragedia, de pérdida y derrota. Y cómo esta urgencia por contar historias es muy antigua. Creo que existe en todo ser humano, no sólo en escritores y novelistas: la necesidad de contar una historia, de imaginar al otro, de ponerse en la piel del otro es, al final, no sólo una experiencia ética y una gran prueba de humildad, no sólo una buena directriz política, sino, finalmente –que no se entere la enfermera de mi colegio–, también un gran placer.

    Conferencia del 17 de enero de 2002.
    Mario Ivan Sanchez juarezalıntı yaptı3 ay önce
    Leen como obsesos. Según datos estadísticos de la Unesco, los israelíes leen más que cualquier otra nación bajo el sol, excepto los islandeses –que, de todos modos, no están bajo el sol–. Pero, al contrario que los europeos, alemanes e islandeses, los israelíes no leen novelas para disfrutar. No leen literatura para relajarse ni ampliar horizontes. No: ¡leen para enfadarse! ¡Leen para estar en desacuerdo! Leen para emprender una polémica con el escritor, los personajes o ambos. Y hasta tal punto que un cínico editor de Israel me dijo una vez que si mis novelas y las de mis colegas se venden tanto en mi país se debe a que hay clientes que compran diez ejemplares del mismo libro para destruirlos. Los taxistas se ponen a discutir muy a menudo conmigo o incluso con mis personajes a través de mí. No sólo me dicen que tal libro debería terminar de forma diferente o que debería haber escrito aquel otro de forma distinta o que no debería haber escrito en absoluto el de más allá.

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