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Santiago Alba Rico

Nadie está seguro con un libro en las manos

La experiencia de la lectura viene siempre determinada por dos coordenadas materiales. Una tiene que ver con el texto, que nos llega en diferido, en la distancia de un pasado que, cristalizado y conservado entre las tapas del libro, como en una lata de conservas, dejó de existir hace ya tiempo y nos alcanza por tanto amortiguado, despuntado y vencido: es lo que llamamos ‘ficción’. La otra coordenada tiene que ver con el cuerpo del lector. La lectura reclama la postura sedente y condiciones más o menos confortables para la concentración. Ponerse a leer es, de alguna manera, aburguesarse. Se puede leer también, es verdad, en una trinchera o de pie en un vagón de metro, pero hasta tal punto el libro impone unas reglas ergonómicas de recepción que, apenas abrimos sus páginas, incluso baqueteados en medio de una tormenta, la lectura nos protege tanto de las verdades que contiene el libro como del mundo en que lo leemos. Esta diferencia en el tiempo y esta comodidad en el espacio constituyen la fuente de todos los peligros asociados a la literatura: el de que nos tomemos demasiado en serio lo muy lejano, como don Quijote, y el de que, al revés, nos tomemos como imposible o increíble lo más cercano.
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Orijinal yayın
2018
Yayınlanma yılı
2018
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İzlenimler

  • Mauricio Coronelbir izlenim paylaşıldıgeçen yıl

    Y, sí, los libros, una vez que se deslizan y caen en nuestras manos la geometría de la lectura rompe moldes, deja asombros y provoca inquietudes.
    Alba Rico escribe desde el otro lado del cristal, asume una posición de izquierda humanista que desangela ideas preexistentes o no exploradas. Hay un problema, como postre en vitrina, algunos de los libros que comenta son tentaciones inalcanzables de moscas exploradoras.

Alıntılar

  • Adal Cortezalıntı yaptı5 ay önce
    La calle o la barbarie: esa es la encrucijada en la que se encuentra hoy la civilización.
  • Adal Cortezalıntı yaptı5 ay önce
    En una Europa crecientemente radicalizada, no es por desgracia una excepción el tuit de Peter Bucklitsch, diputado del partido eurofóbico inglés UKIP, en respuesta a la muerte de Aylan: “El niño sirio murió porque sus padres codiciaban una vida mejor en Europa. Son los costes de intentar colarse”. ¿Cómo es posible voltear a la víctima en culpable? ¿Qué tiene que ocurrir para que un cristiano que ha leído a Kant, educa a sus hijos en el amor al prójimo y considera La Piedad de Miguel Ángel una cumbre de la civilización humana se sienta moralmente autorizado a culpar a unos padres que huyen de la guerra (y piden ayuda) de la muerte de su hijo de tres años? La explicación de esta naturalidad aterradora hay que buscarla en la última palabra de la frase: “colarse”.
  • Adal Cortezalıntı yaptı5 ay önce
    Se puede y se debe discutir sobre la necesidad de la “lucha armada revolucionaria”, pero no puede haber una picana eléctrica “revolucionaria” ni tampoco, claro está, “democrática”. Así lo expresa Alfonso Sastre, con redonda contundencia, en el magnífico prólogo que introduce esta edición:
    Mientras que la violencia guerrera es indeseable en cualquier caso, pero “no es lo mismo” y un guerrillero revolucionario no solo “no es lo mismo” sino que es “lo contrario” que un sicario al servicio de la explotación capitalista, la práctica de torturas es tan repulsiva en uno como en otro caso: tanto si se produce en las filas de los opresores como si se da en la de los oprimidos. Ella es odiosa en cualquier caso y de cualquier manera, y quienes la practican se convierten, ipso facto, en pura mierda, hablando mal y pronto (La Question, Henri Alleg, prólogo de Alfonso Sastre, Hiru, 2010).

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